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2 de noviembre de 2014

La Caldera del Diablo, el regreso a Torreon Place

Un agradable relato de Lilia Margarita Rivera Mantilla que de alguna manera se relaciona con los muertos, pero también con los vivos y el que les comparto en ocasión de la celebración del día de los fieles difuntos. Estoy seguro que lo disfrutarán.

Recuerdo que mi tía Amelia solía decirle a mi mamá: “Elvira, ten cuidado con los libros que dejan a la mano de esta niña; siempre está sentada junto al librero, y no se fijan en lo que está leyendo. Ya vi que tienen la novela del programa que están pasando en la televisión, ese de la Caldera del Diablo”. Tal vez sería allá por 1966 cuando mi tía Amelia se alarmaba de lo que, probablemente, me estaría yo enterando a través de esas novelas pecaminosas; nada que no sucediera en Torreón: infidelidad, abortos, incesto, doble  moral, corrupción religiosa, racismo, clasismo y otras simplezas tan humanas como el alcoholismo, también.
Pero no. Nunca leí el libro de Grace Metalious; tal vez, algún domingo fui testigo de cómo mis papás absortos veían la versión hecha para la televisión, Peyton Place, en donde se daba a conocer una jovencísima Mia Farrow. Pero nunca olvidé el título del libro, porque eso me parecían las ciudades pequeñas, un hervidero de chismes y cosas turbias, algo que debía enterrarse en pozos muy profundos como los tesoros que estaban escondidos en  muchas partes de Torreón, según contaba la leyenda urbana.
Han transcurrido cerca de cuarenta y ocho años desde aquellos tiempos en que, poco a poco, me iba convirtiendo en adolescente, y todo esto me viene a la memoria porque, hace casi un año, me vi envuelta en algo a lo que nunca relacioné directamente conmigo; estaba segura que había sido yo una  espectadora muy circunstancial, simplemente había sido acompañante del sujeto a quien afectaba directamente el suceso.
El Doctor Oz es un púber que me acompaña desde la época en que mataron a Kennedy, terminamos juntos la primaria y cada quien siguió diferente camino al llegar a la escuela secundaria. Sin embargo, parece que no completamos alguna tarea desde hace casi medio siglo, y nos hemos reencontrado tal vez para terminarla. El Doctor Oz y yo ahora tenemos 61 años, él es mayor que yo por cinco meses; cuando llegamos a coincidir para recordar o para revivir viejos tiempos, suceden cosas mágicas y extrañas.
En agosto de 2013 andábamos cada quien en asuntos familiares en nuestra ciudad natal, habíamos quedado en vernos un lunes en la tarde para pasear por las calles de la desolada ciudad. Al filo del mediodía, me envió un mensaje a la ouija cibernética para decirme que le habían avisado que acababa de morir un antiguo amigo de su juventud; me ofrecí para acompañarlo a pasar la tarde en la funeraria en donde ya se estaba velando el cuerpo de su amigo. Llegamos al lugar en el cual, en su triste momento, también se realizó el funeral de mi papá 22 años antes. Recuerdo que el conjunto de salas de velación se llamaba Jardines del Parque.
El doctor Oz me contó, entre consternado y avergonzado, que meses antes su amigo, apenas fallecido, le había enviado la solicitud de amistad a su feísbu, pero la había rechazado porque no se le hizo familiar el nombre del solicitante. Muy asombrada le pregunté que cómo era posible que no recordara el nombre de un amigo tan cercano; se justificó diciendo que siempre lo conoció más por su apodo que por el nombre estampado en la respectiva acta de nacimiento. “El Diablo, así lo llamábamos”, fue la explicación que dio ante mi azoro. Se mostraba emocionalmente muy adolorido, pero no recordaba el nombre completo de alguien que estuvo presente en momentos cruciales de su vida.  Algo inaceptable para mí.
Ya lo dije anteriormente que el Doctor Oz y yo tenemos la misma edad, somos de los nacidos en el 53, como dice la canción. Mientras a mí me gusta lucir mis canas y hacer alarde de lo mucho que me han enseñado los años (al revés de José Alfredo), al doctor Oz le gusta sentir que Cronos ha pasado cerca de él sin voltear a verlo siquiera; pero este dios es inflexible, poco misericordioso, y ha estampado su huella en mi amigo igual que hacen los vándalos al grafitear, por mero resentimiento, una hermosa pared recién pintada. Así es la crueldad del dios del tiempo de los humanos. Sin embargo, cuando percibo el aroma a manzanas, canela y almendras tostadas que envuelve nuestro espacio cuando estamos cerca, imagino que somos dos personajes escapados de alguna escena primaveral y tormentosa pintada por Pierre Auguste Comte.
Y la memoria me lleva de nuevo a los jardines del fúnebre parque aquella tarde de agosto. El doctor Oz permanecía de pie junto al ataúd de su amigo, lo contemplaba entristecido. Yo no conocí al Diablo, el difunto, no tenía idea de cómo había lucido en vida; me acerqué respetuosamente al féretro, junto a mi acompañante. Aparentemente había sido un hombre no muy alto y delgado, no puedo decir qué tan apuesto pudo haber sido en alguna época de su juventud; había muerto de cáncer pero el gesto de su rostro era sereno; creí ver en su boca la débil mueca de una sonrisa, ¿me sonreiría a mí, a quien no conoció? ¿Nos sonreiría al doctor Oz y a mí? Ahora creo haber visto cierto rictus de burla en los labios. ¿Podría ser?
El Diablo tuvo un bello nombre de pila y dos apellidos como corresponde a todo ciudadano nacido en México. Su apellido materno –muchos dicen que debería ser el primero que lleváramos, porque es seguro que sí seamos hijos de nuestra madre, al menos por aquello de la teoría del genoma mitocondrial- fue Caldera. Meses después encontraría una gran relación entre su apodo y el apellido de su madre.
Por empatía natural, sentía pena por su esposa e hijos, en pocos meses nacería su primera nieta, lo que llevaría a los demás a repetir el lugar común de vida por vida; yo solamente lo observaba todo, y no le di importancia a la calle en donde quedaba ese supuesto verde remanso de paz, aquel lugar para la despedida antes de que la materia acabe en la nada.

El regreso a Torreon Place                                              

Son casi las ocho de la noche, y a pesar de que aún hay corredores entusiastas y disciplinados dentro del antiguo bosque de la ciudad, las calles cercanas están oscuras y casi vacías. Lucen descuidadas las banquetas y muchas de las casas ya están viejas y deterioradas, todo huele a abandono, esas amplias avenidas que recorrí tantas veces en los poco más de veinte años que viví en Torreón ahora me parecen desconocidas y totalmente ajenas, solamente me reconforta el aroma dulzón de las lilas recién florecidas; y yo que pensé que moriría sin poder ver de nuevo los árboles cargados con las florecillas lilas y blancas que tanto refrescaban con su sombra las torturadas calles por el sol del verano.
Ahora me dirijo a la academia en donde empezaré una nueva etapa en mis clases de baile; el movimiento me hace falta como el aire para poder vivir; voy animada pensando en la gente a quien veré por primera vez en la vida, quién sabe si de ese grupo llegarán a surgir nuevas amistades, y el profesor, ¿qué huella dejará en mí?

Una noche de abril

Apenas inicia abril y la atmósfera de primavera se deja sentir esta noche demasiado sofocante, hace mucho que no sentía este aire caliente recién terminado el invierno, porque no hay que confiar en que el frío se haya ido hasta la próxima temporada; los días de la cuaresma son tan climáticamente veleidosos que nunca se sabe cómo amanecerá mañana.
Espero afuera de la academia de danza por el taxi que habrá de recogerme para llevarme a casa; apenas pasa el cuarto después de las nueve y la calle está casi desierta, no hay ningún transporte público cerca para poder regresar, con cierta seguridad, a casa de mi mamá. Solamente se ve cierto movimiento contra esquina de la acera donde me encuentro; es una funeraria y los dolientes tendrán que retirarse en una hora más, ya que por cuestiones de seguridad, en esta ciudad los velatorios no permanecen abiertos durante toda la noche. Y empieza mi práctica de ensoñación, de viajar en el tiempo para evadirme de la espera del taxi y de la impaciencia que estoy sintiendo. Y recuerdo la tarde de agosto de hace poco más de siete meses. El doctor Oz y yo en esa funeraria; pretendo ver a nosotros mismos caminar por la calle rumbo al coche o del coche rumbo a la entrada del edificio para dar el pésame a la familia del Diablo, amigo de sus amigos aunque tuviera sobrenombre de ángel caído. Recorro la fachada del edificio y me llama la atención el logotipo de la empresa fúnebre: una enorme G; me recuerda la G de la escuadra y el compás, pero es la inicial de Gayosso, y me río burlonamente de mí misma. ¡Pero, cómo! ¡Hasta acá me persigue ese lugar de tristes recuerdos! El velatorio que está contra esquina de mi clase de baile ya no se llama Jardines del Parque, ahora pertenece a la empresa de Félix Cuevas y Gabriel Mancera. ¡Acabáramos!
Es inútil mi sorpresa y molestia por esta invasión de salas mortuorias en mi vida, debería estar acostumbrada; desde niña pronto me familiaricé de una manera muy natural con la muerte.
En mis primeros nueve años de vida fui testigo de la muerte de varios niños entre amiguitos y vecinos de los alrededores de la casa, muerte natural la mayoría y uno por atropellamiento.
Nuestra escuela primaria estaba a cinco cuadras de la última casa que habité en Torreón; en el camino me topaba con dos funerarias, una estaba exactamente en frente de la escuela, se llamaba las Tres Ave Marías. Y durante unos siete o nueve años, vivimos a lado de otra funeraria; los dueños, aparte de vecinos, también se volvieron nuestros amigos. ¿Cuántos muertos traeremos junto a nosotros? ¿Vivirá cada quien en su respectivo Comala? Un pueblo habitado por espectros, como esta ciudad a  la que le escurre sangre por sus calles, sangre de los masacrados cuando menos lo esperaban; parece que los gritos de dolor salen de entre los muros, tal vez por eso la mayoría de los vivos se encierra en sus casas para no escucharlos.

El Diablo y Caldera, la caldera del diablo, pueblo chico infierno grande.

El clima apenas empieza a calentarse y me asusta pensar en el calor infernal que podría asolar a la ciudad en el verano. Y vuelvo a pensar en el Diablo dentro de su ataúd, ¿por qué me habrá parecido que sonreía? Tenía bastantes horas de muerto cuando yo lo vi por primera vez ¿sabría para entonces cosas del futuro como dicen que pueden conocer los desencarnados? Porque ¿cómo diablos podría yo imaginar que casi siete meses después de ese lunes de agosto, volvería a caminar por las calles aledañas para llegar a la academia de danza sita contra esquina y en la siguiente cuadra del velatorio? En ese momento estaba en un lugar para el duelo y el llanto; medio año después, al cruzar la calle, empezaría una nueva etapa para continuar girando en la loca danza de la vida.
A los temerosos de la muerte y que disfrazan su miedo comportándose con una actitud demasiado ceremoniosa y sensiblera ante tales circunstancias, les parecería irreverente el que encuentre bastante paralelismo entre lo que ocurre en esa sala de velación y lo que hacemos en este estudio de danza. Allá se encuentran quienes han dejado esta vida limitada para alcanzar la verdadera, la vida eterna; muchos se han ido esperando un renacimiento que los compense de las vicisitudes por las que atravesaron en este mundo.
Quienes asistimos a esta sala de baile lo hacemos con un fin parecido. Me gusta imaginarme como una especie de derviche giradora, alguien que busca ser un canal entre el cielo y la tierra, girar para lograr la victoria sobre la muerte, esclarecer la mente para conocer la verdad.
Aquellos que están siendo velados en la funeraria de enfrente se han tenido que convertir en cuerpos inanimados, macilentos, pronto empezarán a despedir un olor pútrido –aunque los cementerios están llenos de cadáveres en olor de santidad, todo mundo ha sido tan bueno-, para así llegar al cielo, ver a Dios y que les sean desvelados los misterios.
Estoy aquí chorreando vida, el sudor me escurre desde la cabeza a los pies. Mis facciones se afilan, los ojos se agrandan y se me ha iluminado la mirada, mi cara enrojecida toma el color de una manzana de oro*, el corazón late a mil por hora, siento los pulsos en la garganta y huelo a vida, el poco aire de la noche me devuelve el olor a hierbas de mi perfume.
Hace meses que no veo al doctor Oz, no sé qué diría si me viera aquí con este aspecto que para algunos pudiera resultar repulsivo, pero todo indicaría que estoy viva.
Giros y vueltas hacia un lado y después hacia el otro en el círculo de la vida; el doctor Oz, el Diablo y yo.

Una señal luminosa en el cielo

Camino lentamente, mis pies adoloridos me hacen ir muy consciente de mis pisadas al recorrer la desierta pero tranquila callecita donde queda la casa de mi mamá. El aroma de los jazmines se vuelve más embriagante conforme avanzo para alcanzar la reja de la entrada. Me ilusiono de forma narcisista al pensar que esta primavera los jazmines se llenaron a propósito de verdes botones que revientan de la noche a la mañana en hermosas y perfumadas flores blancas, sólo para complacerme, sólo porque Dios quiso consentirme. Antes de meter la llave en la cerradura contemplo los macetones y jardineras, y me transporta la memoria a la vieja casa del centro de la ciudad, la de la Matamoros (el nombre de la calle), y recuerdo al doctor Oz cuando era un niño precoz; lo veo vagabundear junto al grupo de chiquillos que se reunían para patear un balón o para trepar a una palmera y después estrellarse en el suelo. A veces me veía, otras muchas me ignoraba. El futuro doctor Oz, tal vez por su corta edad, no sabía aquello de que quien desprecia, comprará.
También, hace muchos años, el doctor Oz se fue de esta ciudad, pero me ha dicho que tiene el firme propósito de regresar al lugar donde nació; quiere regresar a esta tierra antes bañada por ríos, afluentes, canales y humedales; ahora está seca, fraccionada, descuartizada.
Elevo la mirada al cielo para ver qué tan estrellado está. Una luz me alcanza la cara, pero no se trata de que las estrellas quieran penetrar en mis ojos ni es la luz de la luna plateada sirviendo de farola. Jamás imaginé que algún día, desde la puerta de esta casa, llegaríamos a ver un enorme anuncio de la tienda de los Hermanos Hernández -H.E.B-, esa famosa tienda americana de comestibles y algo más, esas iniciales que la gente pronuncia en un inglés nahuatlizado: eichibi.
Entro a la casa y cierro la puerta con un suspiro de alivio, estoy en mi refugio, volví al hogar. Ojalá que el doctor Oz pueda regresar algún día. El conoce bien el camino, solamente debe conservar el deseo en su corazón. No hay nada mejor que tener un verdadero hogar.
Lilia Margarita Rivera Mantilla Torreón, Coah., a 7 de mayo de 2014
*Manzana de oro: pomodoro, tomate en italiano.
Eso fue nuestro tomate mexicano para la cocina europea.

18 de octubre de 2014

No hay pelo que valga

No se trata de vello corporal, pero “jala más un artículo de Verótika que otro cualquiera” y es por ese motivo que aquí le damos seguimiento a Verónica Maza Bustamante y sus participaciones en distintos foros las reproducimos, porque “jala” a numerosos lectores que son bienvenidos en Hoy Acontecer de la Laguna, es el caso del texto aparecido hoy sábado 18 de noviembre en Milenio Diario y en los otros medios que pertenecen a ese grupo editorial. El enlace al sitio en internet está en:


“Te lo voy a contar con pelos y señales”. “Jala más un pelo de mujer que una yunta de bueyes”. “Hombre de pelo en pecho, hombre de dicho y hecho”. Ésos son algunos dichos populares que están en desuso porque lo de hoy son los cuerpos depilados, lisos, con piel brillante y suave, sobre todo en la zona genital.
Aquel grito de guerra en el burlesque de “¡pelos, pelos, pelos!” con el que la horda de caballeros apoltronados en las butacas le indicaba a la damita contoneándose en el escenario que era momento de que se despojara de sus prendas inferiores, no se ha vuelto a escuchar desde el cierre del último recinto de este tipo. Los table dance ocuparon sus lugares y las bailarinas exóticas que llevaron el arte de escalar o sobar el tubo decidieron que, como lo dictaba la moda ochentera en las películas porno (donde el asunto fashion no tiene nada que ver con la ropa sino con la decoración de la piel y el cabello/pelo), estaban más cómodas eliminando el matorral de su pubis, las piernas y las axilas. “Adiós, Nicanor”, pareciera que le dijeron a ese vello que a veces sobresalía de sus tanguitas de trabajo, les provocaba oleadas de calor en el pubis o hacía que sus extremidades inferiores lucieran como de marinero. Liberación total. Y un plus: los clientes estaban fascinados por ese cambio en la rutina del striptease, aunque para lograr su objetivo las chicas tenían que recurrir a dolorosos y engorrosos procesos como el rasurado, la depilación con cremas o ceras.
En la década de los setenta surgió el láser, el cual se perfeccionó en los noventa, década en la que llegó a México y se comenzó a utilizar para la depilación definitiva; al reducirse sus efectos secundarios y aumentar su eficacia, surgieron las clínicas de depilación. Mujeres de todas las edades, profesiones y estados civiles se interesaron por el asunto. Los genitales depilados a la brasileña (como se le llama al estilo en el cual se elimina absolutamente todo el pelo púbico) se volvieron objetivo ya no solo de quienes se dedicaban a la industria del entretenimiento para adultos, sino de la población femenina en general, que encuentra grandes ventajas en no tener que masacrar su epidermis para quitarse la pelambre. Con ello, volvió el boom del pubis tipo Barbie.
Porque no crean que la moda comenzó en los noventa. La reina Cleopatra no solo bañaba su cuerpo con agua de azahar y leche de burra, sino que se lo depilaba todo. En aquellos días, una situación era igual para todas las egipcias: era una obligación mantener su cuerpo completamente libre de vellos.
El cabello era la única pelambrera que podía existir en la anatomía femenina. La ausencia de pelillos se atenía a cánones de belleza relacionadas con la juventud y la inocencia. Para lograrlo se aplicaban mezclas preparadas a base de cenizas, ceras, gomas y resinas, aunque la más popular era la “cera de azúcar”, que incluía limón (había otras creadas con sangre de animales, conchas de tortuga, gusanos y grasa de hipopótamo cuyo resultado no siempre era el mejor).
Es probable que a las griegas, por su parte, les hubiera gustado la actual técnica del láser, pues sufrían con los tratamientos existentes: el uso de pinzas llamadas volsella, de cremas depilatorias elaboradas con vinagre y tierra de Chipre, conocidas como dropax; al igual que las romanas, optaban por ceras de resina y brea catalogadas con el apelativo de philotrum. Los esclavos que realizaban la labor depilatoria eran llamados alipilarius y a sus manos se abandonaban las damas que, sabían, un día podrían ser modelos de las esculturas o pinturas que las retrataban sin vello alguno.
Actualmente el asunto es cada vez más sencillo. Beatriz Castillo, gerente de la cadena de depilación Elemental BC, comenta que con ocho o diez sesiones de tratamiento con láser se elimina por completo el vello de la zona a tratar. Aunque 98 por ciento de los clientes de sus sucursales (Satélite, Condesa, Coyoacán, Coacalco, Neza) buscan la depilación en la zona del bikini, actualmente todas las áreas del cuerpo pueden perder el pelillo: piernas, dedos de los pies, nalgas, zona anal, espalda, nuca, pezones, senos, rostro. Sus clientes son hombres y mujeres por igual. Jorge Martínez Cabrera, director general de la empresa, señala que él y sus socios tuvieron la idea de abrir el primer local luego de ver una sesión de depilación con cera en el área genital: “Era peor que una tortura medieval; creo que con esta tecnología le estamos ayudando a no sufrir a muchas personas que no desean tener vellos”.
En Elemental trabajan la depilación láser definitiva con máquinas Candela, tanto Yag como Lase, las cuales protegen la piel. El láser va eliminando los pelos que están en crecimiento, por eso es necesario hacer varias sesiones a intervalos regulares y, al final, completar un mantenimiento de una o dos sesiones anuales. El tratamiento no es doloroso, aunque se siente un chispazo y un cosquilleo durante y tras la aplicación de los disparos.
Se habla del efecto protector de la “pelusa” genital frente a los agentes físicos externos, así como un efecto barrera frente a gérmenes. La propagación del molusco contagioso, dicen, tiene que ver con que es más fácil su contagio sin la mata de por medio. Además, las heridas realizadas durante el afeitado o las inflamaciones en los folículos, alergias, heridas y cortaduras pueden influir en la aparición de ciertas ITS. Se tenga o no vello, lo mejor siempre será una buena higiene con jabón neutro. Eso sí: sin pelillos no hay ladillas.
Esta tendencia también se relaciona con la ensoñación masculina por los “pubis angelicales, estética afín a un sector de hombres que se erotizan mucho con esa imagen bucólica de la mujer con pubis infantil, lo cual no quiere decir que busquen relacionarse íntimamente con una niña; les excitan las mujeres adultas con entrepiernas lisas”, señala el sexólogo David Barrios.
Cada vez es mayor el número de hombres que recurren a la depilación corporal y genital ya sea por higiene, para bajar su temperatura corporal, dar la impresión de tener un pene mayor, porque son deportistas, atletas o realizan alguna labor en donde es conveniente no tener vello.
El actor de cintas para adultos y stripper profesional Marco Rico cuenta que “lo más común es que los hombres que trabajan en los chippendales se rasuren todo, porque los vellos no dejan lucir los músculos. Cuando están completamente rasurados, los chicos se ven más fornidos, más trabajados del gimnasio. En mi caso, como todos están rasurados, para marcar una diferencia me lo recorto, es decir, lo dejo cortito en el pecho y las piernas, aunque la zona genital sí me gusta tenerla completamente lisa”.
“En el fondo —afirma David Barrios— lo que impera es un espíritu lúdico y juguetón. La posibilidad de tener o no vello para la excitación y disfrute erótico está ligado con los juguetes sexuales y las posturas en la cama: tienen que ver con sacar a flote al niño o niña que hay en nuestro interior para echar desmadre y despadre, para divertirnos.”
Hoy, a las 11 de la noche, podrán ver en el programa Ajuste de notas, conducido por Roberto López en Milenio Televisión, el reportaje que hice sobre este tema. ¡No se lo pierdan!
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Elemental BC ofrece 20% de descuento en todos sus tratamientos a quienes llamen o acudan a una sucursal y mencionen que leyeron esta columna (los teléfonos los encuentran en www.elementalbc.com.mx). Además, regalarán a las primeras cinco lectoras que escriban a elsexodromo@hotmail.com una sesión de depilación de bigote y axilas.
@draverotika
Facebook: La Doctora Verótika
elsexodromo@hotmail.com

16 de octubre de 2014

El Clavel Negro

Una excelente película, con la participación de las magníficas actrices mexicanas Kate del Castillo y Lumi Cavazos, además del español Daniel Giménez Cacho, el sueco Michael Nyqvist y los chilenos Cristian Campos y Luís Gnecco, todos ellos bajo la dirección de Ulf Hultberg.


“Quizás el gran acierto de esta cinta histórica-política es haberla filmado en los mismos lugares donde ocurrieron los hechos del golpe de estado en Chile en 1973"
El griego Costa-Gavras en los ochentas toco el tema de la dictadura militar en Chile y la desaparición de un periodista en dicha revuelta con la película Missing que protagonizo Jack Lemmon. Ahora es el turno de esta cinta escandinava “El clavel negro” basada en la vida del embajador sueco Harald Edelstam muy bien interpretado por Michael Nyqvist quién durante el golpe militar para derrocar al socialismo lucho con éxito para sacar a mas de mil chilenos hasta su país extralimitando sus obligaciones diplomáticas luchando por los derechos humanos, la justicia y la dignidad. Este embajador venia atormentado por su pasado con los nazis pero seguirá en búsqueda por encontrar el amor una vez más salvando a personas perseguidas por sus ideales políticos. Las mexicanas Kate del Castillo y Lumi Cavazos, más el experimentado español Daniel Giménez Cacho y los chilenos Cristian Campos y Luis Gnecco completan el reparto del director Ulf Hultberg.
La cinta tiene secuencias de mucha entretención y retrata de buena forma el caos reinante y las inseguridades propias tanto de los militares como los perseguidos. Quizás el gran acierto de esta cinta histórica- política es haberla filmado en los mismos lugares donde ocurrieron los hechos como El palacio presidencial chileno y el mítico estadio nacional que fue centro de tortura y abusos en 1973 y que hoy es el principal coliseo deportivo de Chile.


14 de octubre de 2014

Los sonidos de la ciudad

Una nostálgica estampa de nuestra capital nacional escrita por Verónica Maza Bustamante y que hoy nos regaló por medio de Facebook. Verónica es colaboradora de Milenio Diario donde entre otros temas se ocupa de sexología y música de manera muy competente. El presente texto revela de Verónica una faceta que aunque sospechábamos no le conocíamos y es que “en materia de crónica no curte malas baquetas”.

Muchos habitantes de esta gran urbe, caótica y hermosa, odian sus sonidos, esos que nos acompañan desde que canta el primer claxon, mismo que se multiplica a las horas pico —que en realidad ya son a toda hora— y se mezcla con el grito a lo Tarzán que escapa por las bocinas de los microbuses; con los escapes que escupen sin piedad cual borracho empedernido; las motocicletas destartaladas de los repartidores, que parecen tener un bote de Frutsi entre las llantas; el ulular de las ambulancias, las escandalosas sirenas de las patrullas y los helicópteros que desde las alturas buscan protagonistas para los noticieros.
Esos detractores de la cacofonía defeña se quejan (la mayoría de la veces con razón) del “golosa, golosa” que atormenta las viejas grabadoras de los vendedores de discos pirata, que han hecho de sus intromix toda una oda a la disonancia. Esos corsarios del sonido que conviven día a día con los perros callejeros, quienes entre ladridos, gruñidos y quejidos, nacen, se reproducen y mueren, a veces en compañía de los ebrios que, tras salir de la cantina, se van gritando la hermosa vida por las calles de la ciudad.
En el Metro también se experimenta cotidianamente con todo tipo de voces que se entremezclan con el “tururú” de las puertas y el altavoz que anuncia cada estación: los vendedores de ilusiones por diez pesos comparten micrófono con la doñita que le platica sus penas a su comadre, provocando el sueño de los pasajeros con su sonsonete; el ruido de los frenos del vagón que antecede el “avancen, avancen”; el eco de los pasos apresurados que componen una sinfonía sin nombre, el rechinar de los torniquetes, los gritos que se escuchan a lo lejos provenientes de los paraderos de autobuses y a veces, sólo a veces, el regalo de una buena canción vibrando por las bocinas de los andenes, con el respectivo “clac clac” de los tacones llevando el compás.
Y en la superficie, un día cualquiera que se presenta cada 15 o cada ocho, hay un sonido que retumba hasta el hartazgo en cientos de oídos, delicados o no, que por desventura se han quedado varados en medio del tráfico. Es el sonido de los manifestantes, que gritan consignas obsoletas, esas que aseguran que “se ve, se siente, el pueblo está presente”, aunque se trate de una docena de gatos solitarios. En algunas ocasiones, eso sí, nos regalan ruidos que pueden ser regalos para un escucha kamikaze: el tallar de unos machetes en Paseo de la Reforma, la pintura saliendo por los aerosoles de punketos cegeacheros, el casco de caballos en plena metrópoli, los dialectos de indígenas acarreados, las chillonas trompetas tipo 15 de septiembre.
Yo, en lo personal, prefiero ser una buscadora de hermosas sorpresas auditivas. Me quedo con el sonido del viento al soplar entre los árboles, con las campanas de las iglesias que me recuerdan que nunca voy a misa pero que debiera hacerlo de vez en cuando tan sólo para escuchar los cantos de la estudiantina, esa en la que muchos roqueros hicieron sus pininos. Me instalo en las escobas hechas con ramas de los barrenderos, que resuenan en la madrugada por las calles del Centro Histórico, en el “ricos y deliciosos tamales oaxaqueños, tamales calientitos, de verde, de rojo, de dulce” que me hacen preguntarme qué será el verde que prometen hay entre las hojas de maíz; prefiero oír el grito de “gaaaaaaaas” del chaparrito que carga sus tanques al hombro, aunque me despierte a las siete de la mañana, que el “chin, se acabó el gas” que a veces se llega a fundir con el sonido de mi regadera.
Y qué decir de la extraña resonancia que puedes captar si pegas tu oreja al asta bandera del Zócalo en pleno concierto y que te hace vibrar de pies a cabeza como si se tratara del corazón de la ciudad, que late emocionado al ritmo del de la multitud. O el “cucucucú” de las palomas que se pasean por las plazas mientras cagan tranquilamente todo lo que hay a su paso. O la voz insistente de los merolicos de la Alameda, que venden hierbas y pomadas milagrosas gracias a sus palabras, que sin saberlo van creando nuevas estrofas para “El yerberito moderno” que, como la 6-20, llegó para quedarse en nuestros tímpanos.
No podría concebir una ciudad de México sin el ritmo de los caracoles anudados a los pies de los concheros, sin sus cánticos que me llevan a otra época, sin sus tambores que pelean en una lucha a muerte pero en buena lid con el runrún que, tímido, sale de la Catedral a la hora del rosario. No podría pensar que vivo en una ciudad cachonda que no duerme de noche si no fuera por los guiguis que en la Zona Rosa repiten, cual himno, las palabras claves que acompañan con tarjetas: “Buscas antro, buscas diversión, tenemos chicas, hay strip”; o sin las locas que caminan por Génova riendo como si la vida fuera fácil, o sin las putas que taconean en Sullivan y provocan el rugido de los motores a las tres de la mañana.
Guardo también, en el soundtrack de mi vida, el “Hayyyyyy naranjaaaaaas” del güero de rancho que recorría las calles de los suburbios cuando era niña, la canción infantil del carrito de los helados, el repiqueteo del triángulo de aquel que vende galletas redondas, el “pruébelo, marchante, pruébelo” en los mercados, el chapaleo de las fuentes, el cantante callejero en Coyoacán, la primera —y única— vez que escuché al Concord, el espeluznante tronido de los edificios cuando tiembla, el ondear de la bandera del Campo Marte, el romperse de las hojas en el suelo durante el otoño, el chipichipi de la lluvia, el crepitar de los truenos, la voz del vendedor de la lotería, que algún día, quizá, me hará gritar de emoción.
Los sonidos de la ciudad son tantos y tan diversos, que al final se hacen uno solo: se convierten en una eterna canción que envidiaría cualquier músico de renombre y que nos recuerda que mientras la escuchemos, sabremos que seguimos estando vivos y aquí.

No es la única

Arcelia Ayup Silveti.
No se puede negar que parte importante de la gastronomía en la región es la carne asada, pero no es lo único que hay como bien lo afirma Arcelia Ayup Silveti en la columna De Raíces y Horizontes que se publica en Milenio Diario Laguna, el texto corresponde al pasado 24 de noviembre del presente año. Definitivamente, al menos en éste punto, José Vasconcelos estaba muy equivocado.

¿Cuántas veces hemos escuchado que La Laguna es el lugar de la carne asada? Somos una región joven que ha forjado su carácter a pesar de las condiciones climatológicas y de una historia corta, pero que empieza a crear una raíz profunda. El tema culinario en especial de la Comarca Lagunera y del resto del estado me atraen de sobremanera.
Me indigno cuando alguien comenta sobre nuestra pobreza gastronómica. Les pregunto si han probado el pollo violado, las gorditas, la discada, el cordero a la griega o el asado de los pueblos en los festejos de aniversario de los ejidos. Cada uno de estos platillos forma parte de nuestra identidad culinaria, aunado a establecimientos que ofrecen productos dignos de presumir. Por mencionar algunos de Torreón: la nieve de Chepo y el restaurante Cantón, sobreviviente en su tipo; en Matamoros “el agua celis de Beto”; “la nieve de Panchito”, la quesería Reyes y “el pan de Chenta”. De Viesca las gorditas de horno, los dulces de leche y los mamones, ese pan dulce con glaseado rojo.
Es importante mencionar las diferentes maneras de preparar los nopales: con huevo, con chile, con calabaza, rellenos y en recetas de autor como el pay de nopales de mi creación. La carne con chile es otra de las comidas que se estilan comer en la región, lo mismo que el queso con chile.
Quienes tenemos varias décadas a cuestas, recordaremos cuando nos preparaban la calabaza dulce y el camote, ambos platillos hervidos con piloncillo. Se deleitaba por las tardes en un plato hondo acompañado de leche. Qué decir de un delicioso arroz con leche, que nos cocinaban como postre, o bien para la media tarde.
Es una lástima que don José Vasconselos no logró apreciar la variedad de nuestras opciones culinarias. En su tiempo aplicó esta frase, refiriéndose al norte de México: “Donde termina la civilización y comienza la cultura de la carne asada”. Es innegable que esta última es parte fundamental de nuestra cultura culinaria, pretexto para reuniones y menú recurrente en la mayoría de los festejos laguneros. Por fortuna no es la única.

13 de octubre de 2014

La educación prohibida

Este video se encuentra en youtube y sus autores permiten que se copie, se edite  y se divulgue mientras los propósitos de quien lo haga no sean de lucro, el video dura poco más de dos horas pero es sumamente interesante por lo que lo compartimos gustosamente con los seguidores del blog.


Aquí sigue

En contra de lo que declaran el gobernador Rubén Moreira Valdez y el alcalde Miguel Ángel Riquelme Solís el mounstro de la violencia permanece en Torreón lo que quedó sobradamente evidenciado tras la captura de Vicente Carrillo Fuentes pero además por el repunte de los homicidios dolosos, los que no son únicamente el resultado de ajustes de cuentas entre cárteles rivales, dice Juan Noé Fernández Andrade en su columna Sábado que semanalmente publica Milenio Diario Laguna.

Enlace: http://www.milenio.com/firmas/juan_noe_fernandez_andrade/sigue_18_388941103.html

Ni el gobernador Rubén Moreira ni el alcalde Miguel Riquelme podrían haber supuesto siquiera que en Torreón caería uno de los principales capos del narco. La captura aquí de Vicente Carrillo Fuentes, uno de los históricos de la mafia mexicana de presencia internacional, y buscado por todos lados con cuantiosa recompensa de por medio, echa al suelo cualquier discurso de seguridad pública en la ciudad y en la zona metropolitana lagunera. El monstruo aquí sigue. Los últimos eventos criminales, por su forma, comprueban que la plaza es vital en el modus operandi de los capos y que la posición geográfica de la comarca es el punto de quiebre de esos grupos. Ficción o realidad, la Laguna es caldo de cultivo en la materia. El que los medios de comunicación hayan sido silenciados en el tema, no significaba que de veras el combate al crimen organizado haya dado los resultados que la sociedad esperaba.  Los taxistas, ese gremio juzgado a diestra y siniestra, son quienes verdaderamente le toman el pulso social a las ciudades. Cualquier día de la semana platico con algunos de ellos y, solitos, acaban por coincidir en que la violencia se mantiene y que por tal lado y tal otro de Torreón hay situaciones que contradicen al gobierno, tan recurrente ahora a manejar hasta en décimas la “baja” en los índices de asesinatos, secuestros, robos y asaltos. El hecho de que las mismas autoridades encargadas del problema hayan decidido modificar sus estrategias de combate al crimen, es aceptar que la violencia e inseguridad corretean por la ciudad. Los patrullajes, los operativos, la incorporación de más elementos supuestamente especializados, la permanencia de soldados y marinos, de elementos federales, de estatales y municipales, en fin, todo el aparato oficial aquí desplegado tendrá que rendir y buenos frutos. Piden, ellos, los funcionarios públicos en materia de seguridad, que la ciudadanía denuncie. Pero la gente no confía, está decepcionada de la corrupción, de la impunidad, de la ineficiencia, de lo infructuoso de las políticas de prevención del delito, de la lentísima reacción de las instancias ante los hechos de sangre. Mientras no haya opciones reales de trabajo y educación, de políticas sociales de verdad incluyentes y plurales, ni con el FBI de asesor podremos disminuir esos índices negativos de inseguridad y violencia. Por enésima vez, y por los mismos, se modificará la estrategia de combate al monstruo. ¿Qué quiere decir esto? ¿Reconocen que han hecho mal las cosas?
ferandra5@yahoo.com.mx

El desafío mayor para el país

El PRD hizo bien en disculparse pero evidentemente, en Guerrero, lo mismo que en Michoacán, el crimen influyó en la definición de los candidatos, en el desenlace de la elección y en la conducta de los funcionarios ya en el ejercicio del poder.

Los cuentos de hadas son más que reales: no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que los dragones pueden ser derrotados: G.K. Chesterton

Por Liébano Sáenz

En la evolución del sistema electoral, mucho es lo que se ha conseguido para que los procesos se lleven a cabo con regularidad y orden. El objetivo prioritario era lograr comicios justos. Sin embargo, los incidentes en Michoacán, Guerrero, Querétaro y Guanajuato indican que una amenaza mayor se ha incubado: la interferencia del crimen organizado. La situación exige una respuesta frontal y contundente.
En el pasado no muy lejano, lo que inquietaba era que los grupos criminales violentaran las elecciones; esto es que hubiera incidentes delictivos que alteraran la normalidad de la jornada. En el mismo sentido, preocupaba que los candidatos y los partidos pudieran hacer proselitismo territorial con plena libertad y sin correr riesgos. En ambas situaciones, el balance de los últimos 15 años es positivo, casi siempre con una participación electoral satisfactoria.
El problema que se identifica ahora es distinto, aunque muchísimo más grave. Es evidente que el poder que representa el dinero del crimen está penetrando en las campañas locales. El objetivo es controlar los órganos de seguridad de ayuntamientos y gobiernos estatales, imponiendo, en algunos casos, sus propios personeros para hacer de las policías no un grupo infiltrado, sino algo considerablemente peor. Como ha quedado de manifiesto en Iguala, Guerrero, y en Michoacán, las autoridades se vuelven un brazo armado más al servicio del grupo delictivo que domina la plaza. Preocupa particularmente el hecho de que los vínculos se realicen con anticipación, cuando los criminales influyen en los partidos para la selección de los candidatos a través del financiamiento. El PRD hizo bien en disculparse pero evidentemente, en Guerrero, lo mismo que en Michoacán, el crimen influyó en la definición de los candidatos, en el desenlace de la elección y en la conducta de los funcionarios ya en el ejercicio del poder.
Lorenzo Córdova
Por esta consideración, fue un acierto del presidente del Consejo General de INE, Lorenzo Córdova, alertar, desde el primer día del proceso electoral de 2015, sobre la interferencia del crimen en las elecciones. El llamado va dirigido especialmente a las dirigencias de los partidos para que cuiden la selección de candidatos y supervisen uno de los aspectos más delicados de la democracia aquí y en todo el mundo: el origen de los recursos aplicados al financiamiento de campañas y actividades partidarias. Aunque la ley establece reglas muy precisas sobre este tema, es un hecho que su cumplimiento supone y exige un sentido de responsabilidad de parte de las dirigencias de los partidos y los mismos candidatos. La verdad es que es poco lo que las autoridades electorales pueden hacer frente a la omisión, la negligencia, el disimulo o la venalidad que pudiera darse al interior de los partidos.
El llamado de atención adquiere la mayor importancia. Hay muchas elecciones concurrentes en puerta; más de 60 por ciento de los ciudadanos votará en la elección federal y en la local. Además, son numerosos los partidos necesitados de buenos candidatos y recursos políticos, materiales y financieros: los grandes por sus aspiraciones de ganar y los pequeños por el propósito de salvar el umbral para mantener registro, 3% de los votos. En este contexto, se requiere un acuerdo o pacto nacional que establezca un compromiso compartido para mantener a raya esta grave amenaza que se cierne sobre la vida institucional y sobre la política. Los delincuentes no tienen partido, simplemente buscan la protección de quien detenta poder gubernamental y hasta parlamentario. Esta circunstancia demanda la mayor atención de todos, incluso de los medios de comunicación, ya que en territorios dominados por el crimen organizado, la amenaza conlleva el silencio y, con ello, el escrutinio propio de la libertad de expresión, elemento indispensable de la democracia.
Las elecciones no solo deben ser contempladas en un sentido defensivo, pues  también tienen un efecto correctivo. Es indudable que las crisis de Michoacán y de Guerrero pueden superarse y resolverse a través de la renovación democrática de los poderes públicos. Los partidos y los candidatos tendrán que entender que antes que ganar elecciones hay cosas más importantes que cuidar, como el sistema de competencia electoral que permite la convivencia civilizada, empodera y da legitimidad a quien gobierna y hace posible el imperio de la justicia. Ganar a toda costa es la mayor debilidad de la democracia representativa.
Vigilar las campañas y las elecciones no solo es cuestión de voluntad; se requiere también que los actores políticos, especialmente las dirigencias nacionales de los partidos, cuenten con los elementos necesarios para contener amenazas y superar riesgos. Los partidos no son Ministerio Público ni agencia de investigación, tampoco lo es el INE. Contener la participación de la delincuencia organizada en la búsqueda de posiciones legitimadoras o de protección no es una tarea sencilla, porque las acciones preventivas pueden dar lugar a exclusiones injustas en la política y afectar derechos a partir de la sospecha interesada o del error. De las autoridades —electorales y gubernamentales— y de los partidos, se esperan las más elevadas cuotas de ética pública, cuidado y responsabilidad social. La selección de candidatos no puede quedar convertida en una subasta pública que ponga en manos del crimen organizado nuestra joven democracia electoral.
La atención eficaz a un problema empieza con su reconocimiento y continúa con el entendimiento y la atención de las causas que lo provocan. La nueva premisa de la competencia electoral implica construir un piso común de compromiso y confianza para impedir que un grupo delincuencial prevalezca y obtenga beneficios a costa de quienes actúan con seriedad y contención. El dinero proveniente del crimen organizado es el principal problema. El nuevo régimen de fiscalización aporta muchos elementos de colaboración con las autoridades financieras y de auditoría. Es fundamental que todos aporten lo que les corresponda para que opere un régimen de previsión y, en caso de sospecha fundada, se emprendan investigaciones ejecutivas y oportunas. También será necesario un régimen de sanción que trascienda el tema electoral.
Frente a la mayor amenaza de la democracia mexicana, no solo se requieren nuevas instituciones y reglas, también actitudes y compromiso de parte de los actores fundamentales del proceso comicial. El próximo 2015 deberá ser un nuevo punto de renovación de la ética social frente al pragmatismo territorial que empobrece a cualquier democracia.


La novel del Nobel

Aunque Enrique Martínez y Morales no lo expresa en su artículo en Milenio Diario Laguna y en Zócalo de Saltillo yo entiendo que mientras voces de rebeldía se sigan levantando en contra de la injusticia nuestro planeta tiene esperanza. Es la historia de Malala Yousafzai quien a sus escasos 17 años se hizo acreedora al Premio Nobel de la Paz por su lucha a favor de los derechos de las mujeres, pero en especial de las menores de edad, a las que por su condición de sexo se les restringe el derecho a la educación, la causa de Malala es una que apoyamos y aplaudimos desde nuestra modesta tribuna.

Cuando llegó a este mundo, no hubo celebraciones comunitarias ni felicitaciones. Su familia la recibió taciturna, envuelta en un silencio compasivo, lastimoso, resignado. No había motivo de alegría. Su gran pecado: nacer niña en un país con un alto grado de misoginia en el que la mujer debe permanecer su vida enclaustrada. Su futuro está sellado. Servirá sólo para preparar comida y procrear. ¡Nada más! Pakistán surge de manera abrupta como la primera nación musulmana en 1947. Con el propósito de solucionar las ancestrales disputas religiosas con el hinduismo, la región musulmana de India se escindió para formar el nuevo país. Durante la transición murieron casi dos millones de personas. Con el nombre a cuestas de la célebre heroína afgana, cuya intervención dio el triunfo definitivo a su ejército sobre las tropas británicas en 1880, Malala Yousafzai se abocó a luchar, desde los 13 años, por defender su derecho a la educación, coartado por los talibanes. Éstos recrudecieron su política de “cero tolerancia” a lo que consideran desviaciones a su peculiar forma de interpretar el Corán. Prohibido cultivarse. Prohibido bailar. Prohibido escuchar música. Prohibido ver películas… Por ello ha sido una constante la destrucción masiva de reproductores y televisores despojados de las familias. Con la misma suerte han corrido museos y sitios históricos milenarios. A las mujeres les está impedido estudiar. Cientos de escuelas fueron reducidas a escombros por esta creencia. Recientemente, un terrorista suicida mató a 14 niñas en un camión escolar, seguido de un atentando contra el hospital al que llevaron a las sobrevivientes. Consciente de los riesgos y con el apoyo incondicional de su padre, propietario y maestro de una escuela mixta en Pakistán, Malala comenzó a levantar la voz. Pronto sus palabras y su pluma se convertirían, gracias al efecto multiplicador de las redes sociales, en su arma más efectiva. Las balas del odio y la intolerancia, disparadas en un país donde el estado de derecho es inexistente, la lesionaron de gravedad. Su enorme fuerza de voluntad y un milagro la regresaron a la vida. Quizá su sonrisa no vuelva a ser la misma por las heridas del atentado. Pero la fortaleza, la valentía y la esperanza contenidas en su mirada seguirán cautivando corazones. Desde la aparente seguridad de las tierras inglesas nos compartió su vida en el texto titulado “Yo soy Malala”, lema anteriormente utilizado por Gordon Brown, enviado especial de la ONU, para exigir que no quede ningún niño sin escolarizar. Ardua ha sido la lucha de esta jovencita pakistaní por los derechos civiles de las mujeres. El merecidísimo reconocimiento al hacerse acreedora a sus 17 años al Nobel de la Paz 2014 nos demuestra que no peroró en el desierto. Ojalá la voz de Malala siga escuchándose, pues aún quedan 32 millones de niñas sin educación en el mundo…

emym@enriquemartinez.org.mx

La elección perdida

Decía José María Mena Rentería en su columna Telón del 14 de julio del 2013 que los partidos políticos y sus militantes carecen de vocación democrática por lo que los mismos de siempre se pueden mantener ante la apatía de los ciudadanos que aunque estamos hartos por el estado de cosas no hacemos nada para cambiarlo, la situación prevalece en todo el país, no solamente en Torreón. Mena falleció en enero del 2014 y a nueve meses de distancia vemos que todo está peor, no igual. Originalmente el texto apareció publicado en el espacio digital www.lalaguna.com

Para Torreón, un 2 por ciento, apenas, si de triunfo se trata, hizo la diferencia tras las elecciones del domingo 7 de julio próximo pasado. Fue pues un proceso electoral perdido.
Victoria pírrica -en términos de credibilidad ciudadana- para quienes por ésa diferencia se alzaron con el triunfo mientras, como suele suceder, los abstencionistas, que son la mayoría, inasistieron a las urnas, pudiera decirse, “para manifestar de alguna manera su inconformidad”.
Miguel Ángel
Riquelme Solís
¿Razón o sin razón. Sin embargo, cómo estimular acudir a urnas donde dádivas y hasta platos de menudo obsequiados fueron a quienes acudieron temprano, tras sugerírseles votasen como indicado les fuera con antelación?
También notorio, a lo largo de la jornada fue el desplazamiento continuo de atiborrados autos de alquiler que iban y venían entre urna y urna. “Pecata minuta” que terminada la jornada no impidió levantasen los brazos en son de “triunfo” los “ganadores”, según permiten apreciar gráficas referentes a la ocasión.
Jesús de León Tello
Se trató sin duda, de una elección perdida; de una victoria pírrica, costosísima, si de la credibilidad ciudadana se trata porque el pueblo -por lo visto y padecido- hasta en la paz de los sepulcros ha dejado de creer.
Ejercicio de gobierno municipal, cabildo elegido de por medio. Se dará a partir de enero de 2014. Habrá sonado entonces la hora, según los que votaron, de los mandantes y del mandatario. Mandantes son los ciudadanos, y mandatario, el que acata y ejecuta lo planteado por los mandantes.
Lo así mencionado no ha estado más allá de conformar una utopía. En su lugar, autoritarismo ha habido, igual que menoscabo de la autonomía municipal, sobre todo en el rubro de ingresos, situación salpicada en la localidad con “funcionarios” foráneos a los que poco o nada importan encomiendas seudo asumidas como pretexto “para no vivir en el error”, según establecen asiduos a una dependencia oficial ubicada por la calle Blanco.
A los trepadores en el candelero del poder, agrada el amasijo y procuran no les falte; conformado con los obsequiados con vidrios y espejitos; para dar pábulo a elecciones perdidas…si de credibilidad ciudadana se trata.