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18 de junio de 2016

Inclusión


     Periodista, orientadora sexual, escritora, facilitadora musical, lectora voraz y promotora del orgasmo son solo algunas formas como se puede definir a Verónica Maza Bustamante, quien colabora diariamente en múltiples plataformas de Grupo Milenio y quien es la autora del presente comentario que difundió en facebook, el que compartimos por que nos pareció sumamente interesante y con el que estamos de acuerdo en todas sus partes, sobre todo en lo que se refiere a que no debería ser motivo de exclusión el ser diferente.

Hay palabras que me gustan mucho, por cómo suena y por lo que significan. “Inclusión” es una de ellas. Suele usarse cuando se habla de la población LGBTTTI, las personas con discapacidad o por asuntos relacionados con razas y nacionalidades. Quizá por ello, porque hasta a la misma palabra la segregamos, la identificamos únicamente con ciertos grupos de la sociedad, no todos la conocemos o entendemos su significado. Sin embargo, creo que se debería aplicar a absolutamente todos los individuos que habitan este planeta otrora azul (ahora tan devastado) porque, si seguimos la premisa de la sexología de que todos somos únicos e irrepetibles, entonces entenderíamos que todos somos diferentes, pero debemos tener los mismos derechos.
Me asombra la intolerancia de estos días, la falta de comprensión hacia el Otro, hacia aquellos seres humanos que conviven con nosotros de manera cotidiana. Me entristece ver a hombres y mujeres luchando en una guerra campal por defender sus ideas (muchas de ellas basadas en prejuicios ancestrales) en lugar de tratar de entender la lógica y el fundamento de lo que pasa, de cómo se expresan los demás, de cómo se percibe y vive cada uno de nosotros. Me aterra ver cómo vamos reproduciendo ideas de odio, de separación, de desigualdad en las nuevas generaciones. ¿Qué no se supone que deberíamos evolucionar en lugar de involucionar, como está sucediendo? Creo que hemos construido un mundo egoísta que en lugar de promover el bienestar, aboga por la violencia, la discriminación, la incomprensión y el miedo. ¿En serio queremos seguir viviendo así?
El portal Definiciones ABC señala: “Para entender lo que el término inclusión significa, deberíamos empezar por definir la acción de incluir. La misma supone contener o englobar a algo o alguien dentro de otra cosa, espacio o circunstancia específica”; entonces, la inclusión —como lo menciona la Unesco— es el acto de entender y responder positivamente a la diversidad de las personas y a las diferencias individuales, entendiendo que la diversidad no es un problema sino una oportunidad para el enriquecimiento de todos a través de la activa participación en la vida familiar, en la educación, en el trabajo y, en general, en los procesos sociales, culturales y comunales.
Es interesante (además de triste) observar lo que como sociedad hemos hecho: excluimos (esto es, dejamos fuera y dispersamos a todo lo “diferente”), separamos (agrupamos lo diferente pero no lo incluimos) o integramos (incluimos pero por separado), pero no buscamos la inclusión (es decir, incluir a todos, con los mismos derechos y obligaciones, como parte del conjunto en el que vivimos). Muchas veces ni siquiera sabemos bien a bien los motivos que nos llevan a ello, simplemente reproducimos ideas, mitos, referencias que nos han enseñado desde hace décadas, desde hace siglos, porque creemos que eso es lo “bueno”, lo “normal”. Son los prejuicios los que llevan a los crímenes de odio, la violencia, la señalización negativa, la separación, la crueldad y, por ende, a la construcción de un universo que, en realidad, no nos gusta, donde parece que todo es daño, maldad, sangre, tristeza, desilusión y desolación. ¿Queremos cambiar esto? ¿Dejar de leer y escuchar noticias aberrantes que nos deprimen? Comencemos por entender y respetar nuestras diferencias, a vivir en la inclusión.
Como dice el periodista Ricardo Salazar, necesitaríamos dejar de actuar con culpa, evitar que la construcción social que tenemos sea de imposición de un modelo específico (heterosexual, machista, falocéntrico, católico) en lugar de abogar por la libertad, el respeto y la autoaceptación.
Quizá tú no eres gay, lesbiana, bisexual, transgénero, transexual, travesti, intersexual, asexual, mujer, heterosexual, hombre, ateo, religioso, blanco, negro, pobre, rico, persona con alguna discapacidad, pero alguien más, muchos más, sí lo son. Tal vez a ti no te guste acostarte con personas de tu mismo sexo, pero sí te gusta usar ropa de cuero, tener varias parejas a lo largo de tu vida o casarte con la primera, hacer el amor con la luz apagada, hablar durante el sexo, comprar juguetes sexuales, usar sombrero y bigote largo, lucir zapatos de tacón o portar tenis… quizá seas una persona con discapacidad motriz o tengas la posibilidad de caminar pero no te guste hacerlo; puede ser que decidas tener ocho hijos, solo uno o ninguno, que te cases cuatro veces o permanezcas solter@ toda tu vida. La diversidad incluye no solo la orientación sexual sino todas esas posibilidades que tenemos de ser quienes somos sin que nadie nos imponga otra cosa.
Tendríamos que respetar las ideas de los demás, sus formas de vivir, la manera en que cada uno se percibe y se expresa, sus orígenes, su género, su identidad. Y no solo hablo del derecho que tiene cada uno de acostarse con quien se le dé la gana, de amar a quien le apetezca, de vestirse como le plazca. Hablo también de respetar creencias espirituales, nacionalidades, características físicas, color de piel, formas de ser, géneros, profesiones y oficios, estratos sociales, en el entendido de que todo aquello que afecte a alguien más, que lo vulnere o entre al ámbito del crimen, es otra cosa.
Los invito a que reflexionen sobre la diversidad. Su propia diversidad y la ajena. A que analicen qué tanto de sus ideas que marcan las diferencias y separan están basadas en el prejuicio, en eso que rechazamos o repetimos sin haber entendido de qué se trata y por qué lo hacemos. Nuestra labor debe ser la de entender. Si llegamos a lo profundo y aún así no comprendemos al Otro, entonces debemos respetarlo y permitir que abogue por sus derechos.
Es una labor de cada uno de nosotros, seres humanos; de los gobiernos, de las instituciones, de las empresas, de las escuelas, de las familias, de los medios de comunicación. Basta ya de tanto dolor y muerte por no querer hacer ese arduo esfuerzo de reflexión que nos puede llevar a la claridad, la inclusión y el bienestar.