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19 de noviembre de 2013

El ruido y las nueces

Roberta Garza.
Es sabido que el que con leche se quema al jocoque le sopla, y esto parece ser lo que experimenta Roberta Garza al escribir: “Por eso, veo con cierto sospechosismo el bombo y platillo que casi 20 años después acompaña los anuncios del presidente Enrique Peña Nieto alrededor de unas reformas que parecen estarse agriando mucho antes de cuajar. El último parabién nos informa que su inversión en educación será histórica: 15 por ciento más en esta administración que en las anteriores”. El texto forma parte de la entrega de la periodista regiomontana en la edición de hoy de Milenio Diario Laguna.

Salinas le apostó a las carretadas de dinero que prometía el Tratado de Libre Comercio para buscar la permanencia en el poder, en el mejor de los casos, a través de una enmienda constitucional que le permitiera reelegirse, si no en los comicios inmediatos, sí en los subsecuentes —como hace Putin— y, en el peor de los casos, a través de un sucesor dócil y un pueblo eternamente agradecido con el tlatoani que por fin hubiera logrado para México una prosperidad verdadera: una digna del llamado primer mundo.
Enrique Peña Nieto.
Sabemos cómo acabó aquellito. Por eso, veo con cierto sospechosismo el bombo y platillo que casi 20 años después acompaña los anuncios del presidente Enrique Peña Nieto alrededor de unas reformas que parecen estarse agriando mucho antes de cuajar. El último parabién nos informa que su inversión en educación será histórica: 15 por ciento más en esta administración que en las anteriores. Esto sería celebrable si no destináramos 93 por ciento del presupuesto, por grande o chico que éste sea, para pagar sueldos y prestaciones a maestros o a personal periférico, con apenas un retazo para infraestructura —olvídense de computadoras y equipo deportivo: hablo de ventanas, pizarrones, puertas o baños que, en muchos sitios, no hay o se están cayendo— o para mejoras sistémicas que sí repercuten directamente en la calidad educativa, como capacitación —aunque motivos no faltan para justificar la omisión: ya vimos lo que pasó cuando se quiso añadir inglés y computación al currículo de los normalistas— y diseño curricular.
Vaya, el problema de la educación en México nunca ha sido el poco o mucho gasto: tenemos varias presidencias destinando un saludable 6 o 7 por ciento del PIB al rubro, porción similar a países con sistemas educativos tan sanos como, por ejemplo, Alemania, pero con resultados enteramente distintos. ¿Por qué? Porque si sacamos de esa tajada el gasto directo por plantel o estudiante se hace evidente por qué coleamos en las tablas mundiales: con apenas uno o dos puntos porcentuales del presupuesto invertidos directamente en el alumno, quedamos muy lejos del casi 20 por ciento que aplican directamente al estudiante nuestros pares más ilustrados.
Y los bemoles no acaban allí: la mayor parte de ese dinero lo distribuyen los gobernadores, pero nadie puede saber cómo ni a dónde entre la maraña de inspectores, líderes gremiales y comisionados que forman nuestra nutrida burocracia sindical, misma que controla desde la asignación de plazas hasta el material a impartirse en los salones, ocupándose de todo menos de proporcionar un padrón de maestros confiable; los recientes intentos por levantar alguno han sido boicoteados a molotovazo limpio por los docentes. Si a eso le añadimos que las bondades prometidas por la reforma educativa que efectivamente conciernen a la educación y no a asuntos estrictamente laborales, son pocas tirando a nulas, llegarán lentas o son cada día de más incierta aplicación en las regiones mexicanas donde más haría falta una educación de calidad, vemos que entre la realidad y los anuncios que echan las campanas al vuelo hay un enorme trecho.
Pero lo anterior no deja de ser anecdótico: ¿de dónde saldrá ese generoso aumento al presupuesto, educativo y del gasto público en general? A corto plazo del endeudamiento alegre, mismo que a mediano plazo Hacienda ve pagado con creces gracias a las carretadas de dinero prometidas por la reforma energética.
Gulp.
@robertayque

¿Qué esperar de Riquelme?

Fernando Royo
Díaz Rivera.
A casi cuatro años de que inició el mega desastre en Torreón provocado por el aún alcalde Eduardo Olmos Castro, el autor de la columna Ganar ganar en Milenio Diario Laguna se pregunta qué es lo que podemos esperar del alcalde electo Miguel Ángel Riquelme Solís considerando que ambos personajes forman parte de un mismo grupo político que se ha caracterizado por la corrupción y la falta de transparencia. Pobre Torreón y pobres de nosotros, pues seguramente tendremos otros cuatro años con más de lo mismo.

Miguel Ángel Riquelme Solís.
A casi cuatro años de desastre municipal, donde la ineptitud y la mega corrupción, es lo único que ha brillado en la administración pública municipal, estamos a la espera de que el primer día de 2014 cambie la administración y Miguel Ángel Riquelme tome las riendas de la ciudad, pero, ¿Qué podemos esperar de él?
Sin duda la situación no está para esperar nada, pues entre la actitud del Gobierno del Estado que nada más anuncia primeras piedras, pero no últimas e informa de enigmáticos inversionistas que nada más no aparecen. Además por la razón que sea, nada más no se anima a entrarle de frente a la gravísima situación en todas las áreas del Municipio, no sé si por celos, apatía o regionalismo por su querido Saltillo, hasta por la falta de recursos por los macro problemas financieros que heredó el anterior Gobernador, ¡sí!, el del lavadero, que dicho sea de paso, debería guardarse y no salir a hacer los desfiguros que hace cada vez que sale a la luz pública.
Eduardo Olmos Castro.
Pero regresando a nuestro futuro Edil, convertido en el principal representante del “Moreirismo” en el Estado, pues es el único que pudiera sacar la casta por ese desprestigiado grupo político, ante el avance de la oposición en otras ciudades. Todo se reduce a que, si hace un buen papel en la ciudad, tendrá la oportunidad de crecer en el futuro.
Para ello tendrá forzosamente que, si no romper ataduras políticas, si desligarse y acercarse a la ciudadanía que tanto despreció el actual Alcalde. Tendrá que gobernar de frente a una sociedad muy dolida y regresarle los espacios que les fueron arrebatados. También tendrá que ser un Munícipe abierto a la crítica, pues no es monedita de oro y tendrá que escuchar TODAS las voces y  no solo a los que puede comprar; pero además de lo anterior, tendrá que gobernar con transparencia y honestidad, lo cual lo compromete a sancionar las irregularidades cometidas estos años, que son muchísimas.
En fin, está ante la oportunidad de su vida, pues ante la incapacidad de su antecesor, hacer un buen papel no está difícil y pudiera catapultarse al escenario nacional, si no, tendrá que cargar con todo el desprestigio de un grupo político, al que alguna vez habría representado.

Nostalgia del llano

Nostalgia del llano.
José Luís Martínez es el autor de la columna El Santo Oficio, que firma como El Cartujo. En la presente entrega se refiere a su nostalgia del llano lo que resulta pertinente en estos días en que la Selección Mexicana se juega su participación en el campeonato mundial de futbol, a celebrarse el año próximo en Brasil. El Santo Oficio se publica en Milenio Diario.

¡Insensato! El grito resuena por todo el monasterio, aunque solo lo escucha el cartujo. Con tantas cosas graves en la nación, con el gobierno federal como vendaval sin rumbo, con la Secretaría de Cultura del DF a la deriva (la incompetencia de Lucía García Noriega es impresionante), con problemas por todas partes, a él le da por la nostalgia.
No piensa en el llamado —por los propios participantes— narcopremio de poesía, ejemplo de cómo derrochar el dinero en fuegos fatuos cuando, en estados como Coahuila, lo importante sería el trabajo cultural comunitario, a ras de piso, y no los galardones con bolsas millonarias. Tampoco en la escandalosa manera como se ha difuminado la información sobre la violencia en el país, como si por arte de magia hubieran desaparecido la inseguridad, el miedo, los crímenes de cárteles sanguinarios, en ocasiones con la complicidad de autoridades medrosas y corruptas.
Nada de esto pasa por la mente del fraile, tendido bocarriba en su destartalado catre, con la mirada fija en una diligente araña. Impulsado por el nuevo fracaso de la selección mexicana de futbol, el repechaje lo es, piensa en otra cosa: en los días de combate en los llanos de la periferia de la Ciudad de México, en certámenes como el inolvidable Torneo de los Barrios, patrocinado por El Heraldo de México, paradigma de servilismo al gobierno (“Señor Presidente nos sentimos en un cuarto oscuro y solamente usted nos puede dar la luz que necesitamos y señalarnos el camino a seguir”, le escribió Gabriel Alarcón, dueño y director del periódico, a Gustavo Díaz Ordaz el 24 de septiembre de 1968, en pleno movimiento estudiantil), pero también morada de un excelente suplemento cultural dirigido por Luis Spota y de muy buenas secciones de espectáculos y deportes.
En las canchitas de esos llanos, polvosas, pedregosas, infames, se templaba el carácter. Los balones eran de cuero, duros como rocas, y los zapatos parecían diseñados por el Carnicero de Lyon; se podía jugar sin técnica pero nunca sin coraje. De vez en cuando, entre alguno de esos miles de jugadores anónimos surgía un crack para el futbol profesional.
En esas canchas y en las cáscaras callejeras —en las “coladeritas”, sobre todo—, el fraile, ducho en autogoles, conoció las severas lecciones del fracaso, pero también el fuego del espíritu. En su perenne calidad de banquero, admiraba la entrega sin cortapisas de sus amigos, su rechazo a la modorra y no se diga a la resignación.
Muchos años después comprendió su actitud al leer un texto en el cual su admirado Albert Camus, de quien este año celebramos el centenario de su nacimiento, reconoce: “Todo cuando sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”.
No estaría mal un tour de los seleccionados nacionales por las pocas canchas llaneras aún existentes y la lectura del maravilloso texto del filósofo francés, a ver si aprenden algo.
Queridos cinco lectores, con un abrazo a Ciro Gómez Leyva, El Santo Oficio los colma de bendiciones.
El Señor esté con ustedes. Amén.

¿Qué futuro?

Luís Rubio.
“Más allá de crisis, pasajeras o estructurales, la gran diferencia entre un país desarrollado como España y otro como México reside en la calidad del gobierno. Un gobierno tiene responsabilidades elementales que constituyen la esencia de la capacidad de la sociedad de funcionar de manera eficaz y exitosa. Si bien hay muchas definiciones de lo que deben ser esas responsabilidades y diferentes posturas sobre lo que debe caracterizar a la función gubernamental, nadie disputaría lo esencial: la seguridad pública, las reglas del juego para la actividad económica, electoral y política, los servicios municipales, la justicia y la infraestructura tanto física como institucional que se requiere para que un país funcione”. El artículo se publicó recientemente en la página editorial de El Siglo de Torreón y el autor es Luís Rubio, quien habla de dos premisas que no sería posible presuponer en México.
      
Hace unos días, cambiando de canales en un hotel, me encontré con un programa de discusión en TVE, la televisora española. Debatían un acontecimiento criminal en Málaga, pero lo interesante era su marco de referencia implícito. El asunto en cuestión era la violación de una mujer con discapacidad mental por parte de un grupo de hombres que la habían secuestrado y llevado a un apartamento; horas después, la policía finalmente localizó a la mujer y la llevó a un hospital. En la discusión hubo dos cosas que me llamaron la atención por su trascendencia para nosotros. Primero, daban por obvio que la policía sería diligente y competente para localizar a la mujer. Segundo, en palabras de una de las participantes del programa, citando de memoria, "pero en qué estaban pensando estos señores: los van a detener en un momento y todos van a acabar en la cárcel". Ninguna de esas premisas sería posible de asumir en México.
Más allá de crisis, pasajeras o estructurales, la gran diferencia entre un país desarrollado como España y otro como México reside en la calidad del gobierno. Un gobierno tiene responsabilidades elementales que constituyen la esencia de la capacidad de la sociedad de funcionar de manera eficaz y exitosa. Si bien hay muchas definiciones de lo que deben ser esas responsabilidades y diferentes posturas sobre lo que debe caracterizar a la función gubernamental, nadie disputaría lo esencial: la seguridad pública, las reglas del juego para la actividad económica, electoral y política, los servicios municipales, la justicia y la infraestructura tanto física como institucional que se requiere para que un país funcione. Algunos limitarían las funciones gubernamentales a lo básico ("el mejor gobierno es el que gobierna menos"), en tanto que otros preferirían un "estado de bienestar" integral, pero todos aceptarían que un gobierno eficaz es factor crucial para el funcionamiento de un país. En México somos muy dados a entrar en discusiones ideológicas sobre estos asuntos cuando ni siquiera tenemos lo esencial, eso que las personas en el panel de discusión español daban por hecho.
Hablamos de crecimiento económico, competitividad, derechos humanos, justicia y otros atributos y objetivos deseables pero no reconocemos que carecemos de lo esencial -un sistema de gobierno- susceptible de contribuir al logro de los mismos. Se aprueban reformas legales grandiosas que establecen nuevos derechos ciudadanos y, en muchas, nuevas obligaciones para el gobierno, pero no se asume la total incapacidad -física, institucional y financiera- del mismo para lograrlo. Hablamos de corrupción con un tono moralista que haría parecer que nunca vemos un acto semejante y, por supuesto, que jamás hemos estado involucrados en uno. Lo esencial -la estructura, funciones y capacidad de acción del gobierno- no existe o, cuando existe, es muy inferior a lo necesario. Peor si miramos hacia los estados y municipios.
El país enfrenta dos retos fundamentales en cuanto a la función gubernamental. Una tiene que ver con la calidad del gobierno y la otra con su capacidad para procesar conflictos y crear condiciones para una prosperidad permanente. Lo primero tiene que ver con la administración y sus objetivos; lo segundo con la fortaleza de las instituciones y sus contrapesos.
Históricamente, el gobierno mexicano fue relativamente exitoso cuando se ejerció un poder centralizado que imponía su autoridad tanto sobre la población como sobre los otros factores de poder político y administrativo, pero eso era posible antes de la globalización y la red de relaciones mundial que caracteriza a la población en la actualidad. En ausencia de instituciones confiables y de una estructura federal con responsables obligados a rendir cuentas, la historia del país está llena de revoluciones, levantamientos, inestabilidad y/o pobre desempeño económico. No es casualidad que el instinto del actual gobierno federal sea hacia la centralización. La pregunta relevante es si esa centralización será un instrumento o un objetivo: si es instrumento, podría emplearse para construir un nuevo régimen de instituciones que permita una era de estabilidad y prosperidad; si se trata de un objetivo, lo único que logrará será imponer un orden temporal que, como hemos visto tantas veces en el pasado, tiende a ser poco duradero y eso si es que acaba bien.
Por lo que toca a las responsabilidades administrativas del gobierno, hay cosas que funcionan, otras no. Mal que bien, por ejemplo, prácticamente la totalidad de las zonas urbanas del país cuenta con agua potable, drenaje y electricidad. Lo mismo se puede decir de la educación o de la presencia de policías y tribunales a lo largo del territorio. Una conclusión a lo que esto podría llevar es que el gobierno "hace lo que puede" y que si uno observa diversos índices de cobertura, éstos han ido mejorando en el tiempo. Otra manera de verlo es que los servicios tienden a ser de muy pobre calidad, el desperdicio es enorme y, en cualquier caso, no conducen a la construcción de un país moderno, con mejores oportunidades de desarrollo para toda la población. Ambas visiones son ciertas y complementarias: tenemos un sistema de gobierno ensimismado, dedicado a satisfacer los objetivos e intereses de sus propios integrantes antes que las necesidades de la población.
El caso de las policías y la administración de justicia es particularmente notable: con muy pocas excepciones, ahí se evidencia una de las mayores carencias -y lacras- de la función gubernamental. El país requiere una radical transformación del enfoque de la función del gobierno: éste tiene que concebirse como garante de las libertades y derechos de la población y como promotor del desarrollo, para lo cual tiene que dedicarse a crear condiciones que lo hagan posible. El gobierno prometió eficacia, algo necesario pero no suficiente: no basta con que "haga que las cosas pasen"; también necesita que se avance el desarrollo. Con el país atorado, este sería un buen momento para reenfocar la estrategia.
Las instituciones son el medio y la forma a través del cual una sociedad procesa conflictos y crea condiciones para la prosperidad. En contraste con la función gubernamental, las instituciones, para serlo, tienen que ser permanentes, es decir, no depender de la voluntad de una persona. Una institución es fuerte cuando crea reglas del juego a las que todos se ciñen. Esa es la clave: despersonalización y permanencia.
Las integrantes del panel televisivo español daban por hecho que existe un gobierno de instituciones. Eso es lo que nos hace falta: un gobierno que funcione y que no dependa de quien está en el poder.
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