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19 de septiembre de 2013

Los bienpensantes

Roberta Garza.

Los maestros de la CNTE con su plantón en el Zócalo del Distrito Federal ocasionaron pérdidas económicas que bordan los 700 millones de pesos, pero al ser desalojados por la fuerza pasaron de victimarios a víctimas, al grado de que se sumaron a su movimiento profesores del SNTE, no obstante por su cerrazón y al no existir fundamento para las marchas y protestas su movimiento se diluye. El texto corresponde a la más reciente colaboración de Roberta Garza en Milenio Diario Laguna.

A los maestros se les dieron múltiples oportunidades de retirarse del Zócalo para permitir la celebración del Grito. Celebración que, si bien ahora y por los siguientes cinco años estará encabezada por Enrique Peña Nieto y por los usos y costumbres de su partido, no le pertenece a él ni a los suyos, sino a la historia de México y a los mexicanos todos.
El plantón causó más de 700 millones de pesos en pérdidas a los comercios vecinos, evidenciando que cualquier cantidad de dinero, de publicidad y de esfuerzo que se invierta en rescatar al Centro Histórico será inútil gracias a la gustada política oficial de dejar hacer, dejar pasar: difícilmente algún pequeño restaurantero o tendero se animará a montar allí un negocio que deberá pagar impuestos, servicios y sueldos a pesar del riesgo de quedarse en cualquier momento por semanas o meses sin clientes —además de correr el riesgo de ser destruido por los “luchadores sociales” en turno—, sin que nadie se haga responsable de los daños.
A estas alturas salen sobrando las causas: en los hechos ni el bienestar de sus agremiados ni la educación han sido prioridades del SNTE o la CNTE, que no fueron creados por la dictadura priista para eso, sino como mecanismos de control popular y músculo electoral a cambio de prestaciones y de privilegios que ahora ven amenazados, paradójicamente, por el regreso al poder de ese mismo partido. Que hoy estos grupos se quieran vender como defensores comprometidos de los maestros y de los niños mexicanos debía llamar a risa, pero el punto aquí es otro: ¿por qué seguimos justificando la violación al libre tránsito de las mayorías en aras de una falsa libertad de expresión de las minorías, cuando dejar escuchar las voces disidentes en ningún lugar del mundo implica permitir que se joda el respetable, salvo en México?
 ¿Por qué seguimos entonces confundiendo la defensa legítima por parte del Estado de los derechos básicos de los ciudadanos con el abuso de la fuerza policial? ¿Por qué al pedir que la autoridad despeje los plantones que obstruyen la vía pública le gana a cualquiera, entre insultos cargados de superioridades morales de pacotilla, el mote de oficialista o de represor?
Hay que decirlo: la mayoría de los maestros se fue antes del ultimátum dado por la policía, pero no todos. Quienes se quedaron se vieron acompañados —voluntariamente o no— por los encapuchados de siempre, y por los tubos y bombas molotov que estos blandieron, como tantas otras veces, sin miramientos. 
La policía entró desarmada y en relativo orden, desalojando el Zócalo sin causar muertos o heridos de gravedad: sí, uno que otro maestro recibió algún macanazo. Sí, a uno que otro policía le tocó su ladrillazo. No, eso no es represión, o siquiera autoritarismo, ni mucho menos una reedición de Tlatelolco, aunque los informados y no manipulados le apuesten al encono mostrando en las redes escenas de las protestas en Egipto, pero haciéndolas pasar como si hubieran tenido lugar en la Ciudad de México.
Aquí el problema mortal es que las políticas públicas de nuestra ciudad capital, y a veces del país entero, acaban siendo dictadas no a la luz de los mecanismos de la legalidad, ni con el interés de privilegiar el crecimiento de una comunidad crítica, próspera y moderna, sino por el miedo de nuestros líderes políticos y de opinión a ser denostados por la minoría más oscurantista, mezquina e hipócrita entre cuantas conforman lo que queda de México.
Twitter: @robertayque

De las ficciones de ayer y hoy

Federico Ramos Salas.

Según Federico Ramos Salas los mexicanos somos adictos a los mitos y les damos credibilidad aunque tengamos constancia sobrada de su falsedad, el texto corresponde a la columna Ganar ganar que se publica los martes en Milenio Diario Laguna y que corresponde a la edición del pasado 17 de septiembre.

Agustín de Iturbide.
A los mexicanos nos gusta comprar historias de cualquier tipo, aunque estas no estén apegadas a la realidad. Al cabo, aceptamos la ficción con facilidad, sea el tema la historia de la patria o el futbol. Dígame si no. Ayer 16 de septiembre celebramos en todo el país la independencia de México, aunque esta se dio en realidad hasta el 28 de septiembre, pero de 1821; 11 años después de que el cura Hidalgo diera el famoso grito en la población de Dolores, arengando a sus feligreses a levantarse en armas, evento que eventualmente surtió efectos, pues la insurrección fracasó al tomar presos en Acatita de Baján al cura Hidalgo, Allende y algunos otros insurgentes, llevándolos finalmente a la muerte unos meses después. Entre ese final trágico de los primeros intentos de independencia y su efectiva consumación en 1821, se esconden innumerables hechos y pasajes de nuestra historia que el gobierno sistemáticamente ha ocultado o deliberadamente minimizado en perjuicio de sus propios habitantes, quienes tratados como infantes, no nos ofrece la verdadera historia.
Miguel Hidalgo y Costilla
 Eventos tan cruciales para la consumación de nuestra independencia como la Constitución de Cádiz, el Plan de Iguala, el Tratado de Córdoba, y, finalmente, la formación del Ejercito Trigarante, así como la participación decisiva de personajes como Francisco Xavier Mina, quien carga en la historia oficial el maleficio de haber nacido español, o Agustín de Iturbide, criollo nacido mexicano pero militar empleado a las órdenes del Virrey, quien después concibe la idea, junto con otros personajes, de proponer a los insurgentes (principalmente a Vicente Guerrero, heredero de Morelos, el verdadero líder) la unión de sus fuerza para así poder consumar la ruptura con el poder central de España.
¿Por qué la historia oficial esconde a los mexicanos sistemáticamente todos estos hechos reales y verídicos?, como si la verdad nos lastimara. Por esa tendencia muy nuestra a ser engañados, es que le vamos, sin chistar, a la selección nacional o al Canelo Álvarez, como si de verdad fueran buenos, y cuando nos muestran que son malos, ni chistamos. Así estamos también en historia: ni chistamos.

Ya no vivimos en 1968, ¿o sí?


Con numerosas asignaturas por resolver los mexicanos nos empantanamos en los dogmas del pasado y dejamos de atender lo urgente, como la gran cantidad de coterráneos en pobreza extrema, dice en su columna Interludio el músico y periodista Román Revueltas Retes quien colabora en Milenio Diario Laguna.

Algunas cosas podrían (deberían) cambiar en este país. Lo menos que se puede decir es que el modelo no ha funcionado. Ahí donde Corea tenía hace unos cuarenta años un nivel de desarrollo inferior al de México, hoy esa nación se ha colocado a una distancia que parece inalcanzable. ¿Por qué ellos sí y nosotros no?
Naturalmente, cada quien tiene sus propias fórmulas para hacer las cosas pero, lo repito, nuestras recetas no nos han servido: ahí están, para mayores señas, esos 50 millones de mexicanos que viven en la pobreza y que serían la primerísima asignatura pendiente de cualquier régimen o gobierno. Y, miren ustedes, la mera constatación de esta realidad tendría que obligarnos a formular planteamientos diferentes y nuevas respuestas a los problemas de siempre en lugar de seguir empantanados en los dogmas del pasado, de rechazar la modernidad como si fuera una suerte de sustancia tóxica para la bendita identidad nacional y de tener la mirada puesta en unas gestas históricas cuya sacralidad termina siendo muy nociva en términos prácticos.
Lo más curioso es que estos llamados directos al pragmatismo, por no hablar del mero sentido común, son recibidos como un agravio por muchos mexicanos embrujados, a estas alturas todavía, por la ilusión de unos tiempos remotos que no existen porque, con perdón, nunca hemos sido un país próspero ni justo ni igualitario ni ordenado. Es más, hoy somos decididamente más democráticos que hace apenas dos décadas. La transformación de México, sin embargo, debería de comenzar por una muy simple tarea de actualización de nuestra mirada. Por ejemplo, esa intervención de la Policía Federal, el otro día, en el Zócalo, no tiene nada que ver con Tlatelolco. ¿Estamos de acuerdo? ¿No?